Las canciones te tocan...
Tomada por Daniela Motato
Los mensajes impresos en ellas nos conectan con vivencias emotivas, con felicidad, con el asombro de haber experimentado escenarios vitales elevados, de haberse sumergido en el fondo del mar por la tristeza, y también nos invitan a amar con locura y a vivir con euforia.
Si bien la vivencia está primero y luego encontramos la canción, que encaja en ella, que cura la herida o hunde mucho más la daga para desgarrar la piel. Pocas canciones me tocaron como esta...
Cuatro frases de prelanzamiento que se colaron, me decían que sería una historia personal, pero ¿tanta melancolía y nostalgia con sólo tres frenéticas y desesperadas reproducciones?
Una y otra vez reiniciado el reproductor para ver si me quitaba esa sensación de profunda y dolorosa empatía, pero que termina trasladándola a aquello que no fue, o que pudo ser, o que queríamos que fuera, pero no tenía alas para surgir.
Reproches al ayer...
El sujeto que la escucha se traslada a la experiencia, vive en los zapatos del otro, aquello que no es suyo, que no conoce ni de lejos, para darse cuenta que en realidad lo ha vivido muchas veces.
Despreciar lo que en el momento se tiene, ignorar lo valioso del "tener" anhelando no tenerlo, anhelando regresar a épocas de carencias donde el sufrimiento era el plato fuerte y la complicidad para permanecer allí era el postre.
Nos marcan tanto los eventos desoladores, que por momentos pareciera que los anheláramos de vuelta. Es como si nuestra identidad se hubiese labrado con los trozos de piedra caliza que nos cayeron encima cuando el mundo se nos vino abajo. Ante promesas mejores, ante caminos alentadores, ante alternativas prometedoras, preferimos el confort y estabilidad que nos brinda la profunda tristeza.
Bien lo dicen sus frases: no se puede pretender salir a la cima, mientras cavas hacia abajo. Ni en tiempos de sequía, desprecias la lluvia.
Pero en ocasiones lo hacemos...
Producto de esa inseguridad recurrente que nos hace volver, al menos, nuestros ojos de vez en cuando a la cómoda y placentera inconformidad de la tristeza profunda. Esa que un día se fue, casi sin darnos cuenta. Esa que dejamos atrás y decidimos seguir adelante, sin darnos cuenta que dejamos entreabierta la puerta por donde partió. Tal vez por desconfianza a lo que venía, o por si el nuevo camino que emprendíamos la traía renovada en otro cuerpo.
Además, también hay un lugar para evitar confrontar...
Nos damos completamente a un refugio, encontramos un pequeño lugar que, aunque pequeño y oscuro, nos da tranquilidad. La tranquilidad de evitar, la tranquilidad de esconderse o la tranquilidad de convivir con la tristeza. Para algunos el Soho de New York, para otros un bar; para otros la cama y, para otros, la sala de estar. Refugio de victorias disfrazadas de lágrimas, y de reclamos a un otro yo que se aleja cada vez más. Se aleja porque te cambian estos momentos, ya no eres ese nunca más, no quieres serlo, pero inconscientemente te aferras a él.
Quizás por eso volvemos a los lugares, a las personas, así sea a mi otro yo. El desprecio y el odio quizás también guardan admiración que, como producto del anhelo y la nostalgia, se convierten en profundo deseo de intercambiar un par de minutos en silencio frente a eso que solía ser. Así tenga solo que contarte, una vez más, aquello que ya sabes de memoria.
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